La caída del último imperio ha creado un peligroso vacío de poder en Moscú, que recuerda en muchos aspectos a febrero de 1917. A pesar del interés de americanos y soviéticos por impulsar la conferencia de paz en Oriente Próximo, la actual situación de la diplomacia soviética no hace sino aumentar las dudas sobre el proyecto de paz.
El delicado armazón construido por la administración norteamericana necesita, sin embargo, del apoyo soviético para poder satisfacer a todas las partes implicadas. El último frenazo provocado por el veto a la participación israelí en una conferencia regional sobre el agua-vital para la región no es un buen precedente. Sin embargo, todos los esfuerzos del Secretario de Estado, James Baker, podrían empezar a dar frutos a finales de octubre. La línea de la Administración Bush parece orientada hacia largo plazo.
Desde el declive del Imperio Otomano, Oriente Próximo ha sido un área en la que distintos poderes han tratado de ganar influencia. No hay una demarcación clara de esferas de influencia estables. Al principio de la Primera Guerra mundial ni Gran Bretaña, ni Francia tenían ningún plan para el futuro del imperio otomano. La alianza militar entre los alemanes y los turcos en 1914 no fue prevista por nadie. Los comités gubernamentales comenzaron a estudiar en Londres en 1916 cómo sería el futuro mapa de Oriente Próximo con la paz. El acuerdo Sykes-Picot de 1916 delineó los territorios de Palestina e Irak para asignarlos a Gran Bretaña y los de Siria y Líbano destinados a los franceses. Las fronteras de dichos territorios fueron establecidas después de la guerra por la Sociedad de Naciones como Mandatos.
La existencia de Israel y la seguridad de Europa fueron durante la guerra fría dos bancos de prueba para la credibilidad americana. En esta región inestable, los intereses…

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