Andrés Manuel López Obrador recibe a una delegación española en México en enero de 2019 /GETTY

México: una solicitud anacrónica y dos historias maltratadas

HÉCTOR CENTENO MARTÍN
 |  28 de marzo de 2019

Desde que Andrés Manuel, de primer apellido López (de origen castellano –hijo de Lope–), y de segundo Obrador (apellido de origen noble vinculado con la conquista de Mallorca), solicitase a la Corona española (la Casa de Borbón) que pidiera perdón por los abusos cometidos durante la conquista en México, muchas han sido las dialécticas que se han producido en los medios de comunicación. Seguidores y detractores de AMLO han expresado imprecisos, maniqueos e interesados discursos con los que han engañado a sus ciudadanos, han maltratado su historia y han demostrado la falta de respeto por esta ciencia.

Con su solicitud de perdón, AMLO cae en tres errores de conocimiento histórico:

1) No es posible explicar la nación mexicana actual sin el mestizaje previo entre españoles (castellanos) y sociedades autóctonas como, por ejemplo, los aztecas (también llamados mexicas). El intento de vinculación del nacionalismo mexicano de forma exclusiva con pueblos originarios o, aún más restrictivo, con los mexicas, significa caer en contradicciones históricas e identitarias. ¿No es el hijo de Malintzin (antigua esclava mexica) y Hernán Cortés, llamado Martín el Mestizo, el primer descendiente de lo que hoy se conoce como mexicano? ¿No es Malintzin un símbolo del mestizaje?

2) La conquista de los territorios, que en otro tiempo conformaron el Virreinato de la Nueva España, fue realizada por españoles con una colaboración (numéricamente superior a estos) de pueblos que estaban sometidos por el Imperio Mexica, tales como Totonacas, Tlaxcaltecas, Texcocanos o Huejotzincas, entre otros. Pronunciarse contra acontecimientos históricos que enfrentaron a españoles y otros pueblos indígenas contra los mexicas significa disociar la identidad del pueblo mexicano para enfrentarlo consigo mismo.

3) Ya existía un documento que daba por zanjados los enfrentamientos entre México y España por su pasado. En el Tratado Definitivo de Paz y Amistad entre la República Mexicana y la Reina Isabel II, de 29 de diciembre de 1836, se dispuso olvidar para siempre los conflictos por los que estuvieron enfrentados durante años estos dos pueblos.

 

Anacronismo histórico

No solo se juzgan hechos históricos con perspectivas y estructuras culturales del presente, sino que se cae en anacronismos históricos al situar cronológicamente identidades en tiempos pretéritos a los que no pertenecen. En este sentido se han expresado historiadores como Alfredo Ávila, Martín Ríos, Carlos Martínez Shaw, Carmen Sanz Ayán, Tirado Mejía, Renzo Ramírez Bacca, Luis Enrique Nieto o Jesús Bustamante. ¿Es posible o tiene sentido una reconciliación cuando implica a sociedades que poco o nada tienen que ver con las de hace medio milenio?

Y es que no corren buenos tiempos ni para los historiadores ni para la historia. Detractores y seguidores de AMLO, de derechas y de izquierdas, en España y en México, utilizan este saber como caballo de batalla para sus estrategias políticas. La perversión del pasado y el uso instrumentalizado de la historia demuestra más interés por cuestiones de palacio que respeto por su propia identidad. ¿Deberían pedir perdón los musulmanes a los españoles por la invasión de la península ibérica? ¿Debería pedir perdón Italia por los acontecimientos sucedidos en tiempos del Imperio Romano? ¿Deberían pedir perdón los mexicanos a las mujeres actuales por regalar (los mexicas) a sus mujeres como botín de guerra?

La petición del presidente mexicano cobra mayor asombro cuando solicita un perdón a la Casa de Borbón por acontecimientos que implican directamente a la Casa de los Austrias, dos realezas enfrentadas allá por 1700 en la Guerra de Sucesión española. Un país, España, incapaz de gestionar un pasado que toca a su pueblo directamente (aquel de la Guerra Civil y la dictadura franquista) recibe con incredulidad una petición para que responda ante hechos que no les competen desde el punto de vista de la responsabilidad histórica, pero que sí utilizan para construir su identidad e imaginario nacional.

Como investigador de procesos de justicia transicional, me veo en la necesidad de establecer unos límites, aquellos que marcan el sentido común y la perspectiva de la ciencia histórica, para que en el presente no sean automáticamente descalificadas las demandas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición para víctimas de violaciones de derechos humanos. Estas víctimas sí están inmersas en contextos que permiten analizar y explicar conflictos contemporáneos, y que competen directamente a nuestras sociedades. Actuar para que puedan ser resarcidas de la manera más íntegra posible debería ser la prioridad en las agendas políticas. Sin embargo, la historia vuelve a ser instrumentalizada exacerbando sentimientos de nacionalismo interesado (en este caso nacionalismo indigenista) con el objetivo de construir un relato que se acomode a la agenda del mandatario.

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