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Ciencia e innovación

Ciencia e innovación

Carta a los lectores | 21 de junio del 2014

El título de este número de Economía Exterior, “Ciencia e Innovación”, responde a la creencia generalizada de que el desarrollo de la ciencia moderna y la tecnología estuvieron desde la Revolucion Industrial íntimamente relacionadas. Lo que no es del todo cierto pero se ajusta al sentido común. Ciencia y tecnología vuelven a encontrarse a finales del siglo XIX y se reproduce la creencia de que la tecnología garantiza el crecimiento y la mejora de las condiciones materiales.

La ciencia camina todavía más deprisa. La ingeniería genética permite la intervención humana en el proceso de la evolución, mientras que en este siglo XXI el hallazgo del bosón de Higgs reproduce lo sucedido hace millones de años en el Big Bang, cuando la energía se convirtió en materia. El Gran Acelerador de Partículas ha exigido una inversión de 3.000 millones de euros que plantea, como ocurrió con el proyecto Apolo, un modesto interrogante político: ¿para qué sirve todo esto? Los investigadores del Laboratorio Europeo de Física (CERN) ya han ofrecido, sin embargo, terapias innovadoras contra el cáncer, importantes mejoras en el desarrollo de Internet o en el conocimiento del cerebro humano.

El optimismo sobre el poder de la ciencia en beneficio de la especie humana es compartido por los economistas. Diez de ellos, de los más eminentes, resumen sus saberes en un libro, In 100 Years: Leading Economist Predict the Future (MIT Press 2014), que arranca con un breve ensayo de J. M. Keynes, publicado en 1930 con el prometedor título de Las posibilidades económicas de nuestros nietos. El escenario prometido no podía ser más brillante. El PIB crecería hasta 2030 a una tasa situada entre el 1,4 por cien y el 2,1 por cien, lo que suponía doblar la riqueza cada 35 o 40 años. La jornada laboral, gracias a la mejora de la productividad, quedaría reducida a 15 horas semanales y el ocio liberado se emplearía en “usos constructivos”.

La Depresión de 1929, las dictaduras totalitarias y la Segunda Guerra mundial reabrían el debate sobre las condiciones del hombre. “Por un lado, su creatividad, el esplendor de las catedrales, por otro, sus patologías, las gárgolas que presiden un mundo –lo denuncia así Arthur Koestler– lleno de monstruos, demonios y súcubos”. El orden y el caos en apasionada contienda a lo largo de la historia de la humanidad. Las ciencias confiadas en su poder olvidaron formularse las preguntas oportunas. Los 10 economistas del MIT son más cautelosos. ¿Dominaremos el cambio climático? La democracia liberal, pese a la desigual distribución de la riqueza (Thomas Piketty señala esta asimetría, especialmente intensa a comienzos de este siglo, como una amenaza al crecimiento económico, una vuelta a las sociedades oligárquicas), ¿conseguirá un desarrollo continuado? ¿Cuál será el desenlace entre longevidad y las condiciones sanitarias?

Los avances tecnológicos continúan siendo el objetivo. La Unión Europea hace examen de conciencia sobre el futuro de la capacidad científica y tecnológica de la región. Las asignaciones presupuestarias, antes prioritarias para la agricultura (autoabastecimiento, fijación de la población campesina) se dedicarán a I D. La Estrategia de Lisboa, primer año del milenio, debía hacer de Europa “la economía basada en el conocimiento más próspera y dinámica del mundo en 2012”. En el Consejo de Barcelona, 2002, se fijó un objetivo cuantitativo: un tres por cien del PIB se destinaría a I D con una participación de dos tercios del sector privado. Los objetivos no se cumplieron. En el caso español el gasto en I D ha retrocedido al 1,3 por cien del PIB. La UE replantea sus políticas. Una Estrategia Europea con tres objetivos: crecimiento inteligente, sostenible e integrador. El horizonte, 2020.

Nokia ha dejado de ser europea, a la vez que en el mapa tecnológico aparecen nuevos y pujantes competidores. Un país pequeño, Israel, cuenta con 63 empresas cotizadas en el Nasdaq, invierte el 4,9 por cien de su PIB en I D y cuenta con el mayor porcentaje de científicos e ingenieros por habitante. Un país medio, Corea del Sur, gracias a una eficaz combinación público-privada tiene una proyección mundial en la electrónica (Samsung o LG) y la automoción (Hyundai o Kia). Otro país, más pequeño, Singapur, gracias a la libertad de empresa y la dotación de infraestructuras portuarias excelentes, es el principal punto de tránsito entre China, India, Malasia, Filipinas, o la costa occidental de Estados Unidos. La transformación de Suecia en una economía del conocimiento y la innovación es el resultado de un triple emprendimiento: sistema educativo de alto nivel, acceso a los mercados de una sociedad escasamente jerarquizada y abierta y un sistema financiero renovado y adaptado a la globalización.

Lecciones para una España, sus universidades y centros de negocios pendientes de internacionalizar sus cátedras y sustituir el compadreo por la contratación de profesionales meritorios e independientes. La apuesta hoy día no parece fácil. En contrapartida, la fuga de cerebros, vía noticias en la prensa, ha creado una cierta alarma social que, no obstante, requiere alguna matización. Los trabajadores cualificados españoles no emigran por motivos económicos sino para compartir conocimientos cualificados. No se trata solo de un brain drain sino de insertar los conocimientos profesionales en un brain networking. El nuevo proyecto estadounidense propiciado por el presidente Barack Obama sobre el conocimiento del cerebro humano cuenta entre sus científicos de élite con dos españoles. ¿Significa esta presencia una pérdida de materia gris para España o un beneficio para España y la humanidad?

En todo caso, cualesquiera que sean las causas del fenómeno, la emigración pura y dura en busca de un trabajo o la movilidad circular de profesionales por falta de oportunidades en el ámbito de la ciencia y la universidad en España, el número de residentes en el extranjero ha crecido, entre 2008-12, en 225.000, según cifras oficiales. Estimaciones privadas cifran esos no residentes en 700.000. Las fuentes estadísticas difieren pero el mensaje es claro, España necesita actualizar su modelo productivo con una mayor participación de la ciencia y la innovación.

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