El derrocamiento de las autocracias políticas no es un fin en sí y exige un nuevo impulso capaz de enfrentarse a las autocracias culturales y religiosas.
Hoy en Túnez, mañana en Egipto, pasado mañana en Marruecos (si el conformismo social y político no se opone a ello), y al día siguiente en Libia , siempre que la sharia no decida otra cosa, muchos esperan que las revoluciones y las semi-revoluciones iniciadas aquí y allí sirvan de caldo de cultivo para que la democracia vea la luz en esos lugares. Nadie duda que en la calma posrevolucionaria, los pueblos se sienten capaces de todo. Aspiran a hallar representantes que les liberen de un yugo autocrático, esclavizador y humillante, que ha pesado sobre ellos durante largo tiempo. Asimismo, resulta innegable que la mayoría de los que participaron en estas revueltas, incluso los más liberales y laicos, saben pertinentemente que un paso por las urnas en este preciso momento reforzaría en primer lugar, y sobre todo, a la corriente islamista, en un grado que varía de un país a otro…

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