El vertido de petróleo en el golfo de México por el accidente de la plataforma de BP y las masivas protestas contra la ley de inmigración de Arizona vuelven a cuestionar la actuación de Obama.
El desastre ecológico y económico en el golfo de México se cierne sobre todo Estados Unidos. Las fotografías de satélite muestran a diario las dimensiones increíbles del manantial de petróleo y gas que surte de la explosión de la plataforma submarina de British Petroleum en las costas de Luisiana. Batido por varios huracanes, el último ha sido Katrina, este desgraciado Estado parece atraer las iras del destino. Es como si una bomba atómica hubiese estallado ahí cubriendo toda la región con una letal nube radiológica.
Ni la petrolera responsable ni el gobierno de Estados Unidos saben cómo ponerle fin: está a una profundidad que impide a los buceadores llegar al cráter y dificulta extremadamente la superposición de mecanismos de cierre y los vertidos de cemento y fluidos especiales que pudieran obturar esa horrible herida en el fondo del mar.
Aunque el presidente Barack Obama ha hecho cuanto estaba en manos del gobierno para remediar la situación, sufre a diario críticas por su actuación.

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