Los países árabes se enfrentan al reto de otorgar a sus fuerzas armadas sostenibilidad, legitimación social y funcionalidad. Para ello son necesarias reformas estructurales.
Desde su independencia, los países árabes han creado unas fuerzas armadas y de seguridad diseñadas para proteger las fronteras de los Estados y a sus élites gobernantes. Sus fuerzas armadas no han tenido que luchar contra las de otros países, salvo en los enfrentamientos subregionales contra Israel o en los registrados en Chad y el Sáhara, aunque en la última década, han tenido que luchar contra el terrorismo allí donde Al Qaeda y sus asociados han intentado o conseguido implantarse. También han tenido que apoyar a las fuerzas de seguridad en sus tareas de control social y represión política en una división de trabajo por el que las fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia se dedicaban a proteger los regímenes contra cambios en el statu quo y las fuerzas armadas respaldaban institucionalmente a cada gobierno. Esto les ha permitido gozar de privilegios respecto al resto de los sectores sociales, pero también les ha merecido su rechazo y desconfianza porque ellos han sido cómplices o causantes de la arbitrariedad, la injusticia, la corrupción o la humillación que ha llevado a las poblaciones a levantarse contra el “orden” que apoyaban…

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