La desaparición de Osama bin Laden es un revés para la estrategia de desgaste adoptada por Al Qaeda. Aunque la organización no va a dejar de existir, tendrá más dificultades para mantener su cohesión interna, movilizar recursos y ser el centro del yihadismo global.
Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, el mayor éxito de Al Qaeda ha consistido en sobrevivir y adaptarse a un entorno internacional crecientemente hostil a su existencia. Es decir, haber conseguido persistir y autorreproducirse pese a una miríada de iniciativas gubernamentales y multilaterales destinadas, no todas ellas ni en todos los países con la misma determinación, a combatirla. Iniciativas entre las que se incluyen, desde el repetido lanzamiento de misiles por medio de aeronaves estadounidenses no tripuladas en las zonas tribales al noroeste de Pakistán, donde Al Qaeda estableció la principal de sus bases tras perder el santuario afgano, hasta la elaboración, en el ámbito de las Naciones Unidas, de una lista de personas y entidades relacionadas con la misma para así dificultar legalmente su financiación. Pasando por la introducción, con experiencias muy variadas sobre su efectiva puesta en práctica, de un amplio rango de medidas policiales y judiciales en buena parte de las naciones del mundo…

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